Alardean

Xabier Lapitz (Periodista de Radio Euskadi)

 

2006. ALARDE EN EL CORREDOR
Crónica escrita el nueve de septiembre de 2006

PROLOGO

Estaba obsesionado o ya el día siete de septiembre por la tarde, cuando me acerqué a la calle San Pedro advertí miradas, torvas en un caso, esquivas en otro. Las miradas, su interpretación, dicen mucho pero no dejan de ser una apreciación subjetiva sobre las intenciones del otro. ¿Y cuando uno saluda a un miembro de su antigua Compañía y se encuentra  con el vacío de quien prefiere evitarte? Eso sí sucedió y fue mi aterrizaje en “territorio comanche”. Me senté en una terraza, a ver pasar a muchos de los que al día siguiente gritaban su ira con gesto desencajado hacia los dos centenares de personas que “amenazaban” las más arraigadas tradiciones.

La mano colgada al aire, ese primer vacío, que en mí será efímero, me hace calibrar la suerte que corre desde hace años mi nueva compañía. La que se queda, la que está preocupada porque esa ira se proyecta sobre su hijo adolescente, su negocio, sus amigos o sencillamente sobre su persona. Y esta certeza, antes escuchada y ahora vivida, redobla mi compromiso: ni un paso atrás contra esta condena inquisitoria. También quiero compartir esa experiencia o, al menos, mostrar públicamente y cuando sea necesario que sigo allí, que no fue sólo una decisión ocasional, una presencia fugaz.

Pero esa misma tarde también recibí otras alegrías. Felicitaciones que me ruborizaron porque hoy aún soy más consciente de que he llegado tarde. Y agradecimientos que no merecía, que debían de volver como un “boomerang” hacia quienes abrieron el camino y desbrozaron la senda por la que yo he transitado cómodamente este año. Sí, también advertí ese calor de una nueva compañía que comparte mucho más que la fiesta. Eso será una constante que no me abandonará en las siguientes 24 horas; la sensación de dar un sentido especial a un acto, desfilar, que no termina en el simple disfrute festivo, que caminar junto a este grupo de hombres y mujeres ha dado sentido pleno a lo que venía siendo mi participación en el Alarde desde niño. A la fiesta, que tuvo su presencia permanente, se suma una razón poderosa, una causa justa.

6:50: “ZUEKIN INOIZ EZ”

Aún no ha amanecido y el coche me lleva rodeando las murallas. Colgada de la nueva pasarela que une Uria con el barrio levantado sobre la antigua plaza de toros, una pancarta: “Zuekin inoiz ez”. Es una dedicatoria para empezar el día que me recuerda a otra sentencia. Tiene título de película y de sabio consejo: “Nunca digas nunca jamás”. No deja de ser sorprendente que un espía con licencia para matar pueda enmendar la plana a quien ha madrugado tanto para dejar allá tan rotunda frase.¿Tendrán vocación de eternos los autores? ¿”inoiz ez” no es demasiado tiempo incluso para quien se cree heredero de las esencias de una batalla de 1638?

Pero esta foto matinal me lleva a enfocar a los pies de la muralla. Allí siguen unas flores en recuerdo de Jokin, ese adolescente que no pudo más y acabó con su vida tras ser acosado por algunos de sus compañeros de estudios. Escribí entonces, han pasado ya dos años, que sin establecer una relación directa con el Alarde, sí advertía que los valores que estaba percibiendo la juventud de Hondarribia como premiados no tenían que ver con el fomento del respeto. Al fin y al cabo, ¿por qué no se iban a creer con derecho a acosar? ¿Acaso no asistían de forma sistemática desde que tenían uso de razón a un acoso generalizado contra una minoría y con el consentimiento, digamos que pasivo en beneficio de la duda, de los poderes públicos?

Horas después en ese punto del desfile, a escasos metros de las flores que alguien ha dejado junto al lugar donde Jokin falleció, un padre da la vuelta a su hijo de corta edad. No quiere que su hijo vea lo que le desagrada. Eso sí, ambos se han girado después de que el niño contemple cómo su padre insulta y da cortes de manga. El adulto ya no tiene remedio. Es evidente. Y sospecho que a este paso, tampoco el hijo, víctima del odio que destila hacia fuera e inocula en su propia familia un padre que a ojos de la mayoría tiene un comportamiento ejemplar. ¿Se quejará cuando le llamen desde el Instituto para decirle que su hijo se ha convertido en un matón? ¿No es un “bulling” al por mayor esta orgía de insultos y de agresividad desbordada convertida ya en un rito social?

7:00 TTOPARA

Ya me he referido antes al calor que sentí que desprendían quienes forman mi nueva compañía. Aunque no tan nueva porque el reencuentro y la sorpresa de saber que comparto con quienes muchas veces he discutido por otras cuestiones abre nuevas esperanzas. El cálculo es sencillo: si en materia tan aparentemente sensible estoy de acuerdo con quien he discrepado tanto y de forma tan abierta, debo de albergar la esperanza de alcanzar nuevos consensos en aquello que todavía nos separa; una lección que hoy me guardo en el bolsillo. Y una ilusión renovada.

Desayuno entre olor de bollería. Es un negocio y, claro, cobran. Pero en esta Hondarribia de este día no debo dar por supuesta la lógica de las cosas. La dirección de este negocio a tres euros el desayuno reparte decenas de bollos entre quienes hacen guardia en Kale Nagusia. Y no les cobra. Es un regalo a la causa de la discriminación, el peculiar aporte a la fuerza bruta que se despliega tas el plástico negro.

El año que viene volveré a desayunar allá. El “ojo por ojo” debe desaparecer y, en su caso, quedar reservado para quienes ya vienen aplicando una nueva variante de la Ley del Talión. Es una versión muy singular: venganza hacia el distinto. Permite una defensa preventiva. Bush llegó tarde. Ya estaba inventado.

Pero otra vez me acuerdo de los negocios boicoteados, de los sufrimientos diarios que padecen quienes caminan hoy a mi lado y viven ese exilio interior, el “apartheid” consentido.

8:00 “MARIKOI ZERRIA!”

Ellas, lesbianas, bolleras, tortilleras. Nosotros, maricones. Estaba avisado gracias al correo que un energúmeno me envió la víspera. La homofobia, no sé por qué motivo, está incardinada en los elementos más radicales de ese alarde discriminatorio. Debe de haber alguna explicación, pero sospecho que eso es carne de diván. El correo tenía un toque “herrikoia”. Terminaba con un “marikoi zerria!” que no es ajeno a lo que he escuchado desde la infancia en Hondarribia. Forma parte del archivo popular, un incunable.

Si no están dispuestos a aceptar una Ley de Igualdad que nadie les hace cumplir, cómo suponer que van a reconocer derechos a quienes se atreven con una relación homosexual. El insulto les delata. Un dato preocupante: la actitud se torna más agresiva entre la juventud, casi adolescencia. Antes de encarar los plásticos negros, unos chavales soplan el “txibilito”; no lo tocan, se trata de hace ruido. Junto a ellos, una muchacha grita con cadencia airada:¡fuera! ¡maricones! ¡putas!. Y me acuerdo del Instituto y de la intolerancia que va calando como lluvia fina primero y granizo después en estas mentes virginales.

A medida que nos acercamos al arco de Santa María la agresividad va en aumento. Observo movimientos: parte del grupo de apoyo se adelanta y se coloca frente al pasillo negro. Sí, es un pasillo, un pequeño paso en una batalla que se me aparece ahora como enorme. Los plásticos no sólo esconden a las mentes plastificadas, sino que impiden al resto de la ciudadanía mostrar su apoyo si así lo desea. Una violación flagrante de la Ley, con ocupación de la vía pública, amparada por el Ayuntamiento y sin que la autoridad  tome medida alguna. O sí, pero no para hacer cumplir la Ley.

La Ertzantza prefiere escoltarnos como sustitución a su deber: perseguir a quienes ocupan la calle para amenazarnos. Algunas de las personas que han decidido apostarse entre los plásticos y la Compañía Jaizkibel sufren dos empujones. Unos desde la cobardía de quien se esconde tras el manto negro; otros de los ertzainas, también emboscados en pasamontañas. Todo negro. Todo claramente injusto. A la luz, la transparencia con que se comete la prevaricación contrasta con el oscurantismo que destilan estas calles medievales. La Inquisición, alentada por la ira popular, persiguió en este mismo escenario a Inexa de Gaxen. Esta tradición también está muy arraigada tras los plásticos. Miro a las mujeres con las que comparto filas. Me anima saber que ellas creen que se puede cambiar la historia cuando está repleta de actos injustos contra ellas.

8:30 “NO HEMOS VENIDO A VEROS A VOSOTRAS”

No existe lo que no veo. Infantil, pero efectivo porque se repite el espectáculo. La curiosidad puede a la intransigencia, o se complementa. En los poco más de doscientos metros que cubre la cuesta que nos lleva a la Plaza de Armas y nos sacará después extramuros, decenas de teléfonos móviles nos fotografían, nos graban, nos observan. Son la prolongación de la conciencia de quienes los aguantan en alto. La orden que manda el corazón a sus ojos para no ver, la desobedece la razón enviando el mensaje contrario a su mano a su móvil, a su cámara de fotos o vídeo. Los elementos más viscerales agujerean el plástico negro para dejar ver unas pupilas desconocidas. Esas personas nos ven. Observadas desde dentro, son transparentes.

Esta vez la pancarta dice que no han venido a vernos a nosotras. Y miro y veo a Mikel, a Txema, a Juanma... me miro a mí. Miro a mis compañeras y entiendo que se ha ganado, casi sin querer, un primera batalla ideológica. Tanto tiempo escuchándoles que no se trataba de un problema de género y resulta que plantean la oposición en términos exclusivamente sexistas. No es la Historia ni la Tradición, con mayúscula, la preocupación. La pancarta desvela la raíz. Y ahí habrá que seguir incidiendo.

EPILOGO

Termina el desfile de la mañana, miro emocionado a la fila de cuberos y cuberas, son muchos, hay por quién seguir caminando. Y detrás, la otra tropa, la que nos ha acompañado y son parte ya de una compañía que hoy es un descubrimiento que estaba oculto tras la inseguridad propia y el miedo a lo que vendría después. Creo que en este envite, como escribí antes de desfilar, vendrán más, muchos más. Pero también soy consciente de que tratar de hacer difusas la obligaciones conduce a una laxitud que sólo se pueden permitir quienes no crean que les asiste la razón.

NOTA FINAL

Pasan los días, casi dos meses, y aquellas sensaciones persisten hoy renovadas. Especialmente estas últimas relativas al relajo de quienes asistieron en primera fila a un acto de injusticia y tienen una responsabilidad pública y directa en evitar que el año que viene vuelva a suceder. He escuchado hablar de diálogo, incluso a la máxima autoridad de nuestro país, y me parece muy loable, pero no es excluyente con la necesidad de actuar. Me recuerdan demasiado a mí.