Alardean

Garbiñe Biurrun (Jueza)

NOTAS TRADICIONALES PARA UN ALARDE JUSTO.

Es casi ya tradición para mí, como para muchas otras personas, pronunciarme acerca de los derechos de la mujer y actos diversos que pudieran atentar contra ellos. No habría yo deseado que esta pública manifestación de algunas ideas sobre la igualdad, la discriminación, la tolerancia  y la justicia, se hubiera convertido en una tradición o una cita a la que acudir anualmente. No es, ciertamente, la primera vez que reflexiono sobre lo que ocurre en IRUN, pero sigo considerando que detrás – o delante, no sé – de lo que vemos, existe todo un problema de concepción de la convivencia democrática.

Por eso, tampoco ahora renuncio a expresarme, porque sigo entendiendo que la cuestión de la participación de las mujeres en el Alarde en las mismas condiciones que los hombres y las decisiones que la impiden encierran, en realidad, concepciones absolutamente distintas y opuestas sobre la igualdad y la justicia, sobre cuáles son los pilares básicos de una convivencia democrática.

En efecto, la presencia de un grupo de ciudadanas y ciudadanos activos reivindicando su presencia también activa y plena dentro de una comunidad pone en cuestión la forma de resolver las dinámicas que surgen en el seno de la ciudadanía y las exigencias de pertenencia a una comunidad libre de iguales. Así, la reivindicación de las mujeres de IRUN sobre su presencia igual en el Alarde nos muestra la realidad de una legitimidad democrática que, como todas, parte de la presunción de la existencia de una comunidad de ciudadanos, en tanto que lo cierto es que aún está por ver que las mujeres pertenezcan de verdad a ella.

En IRUN se ha vivido una complicada historia a partir de la presencia de una minoría activa que ha reivindicado su participación, demanda a la que se respondió fundamentalmente en torno a tres argumentos distintos: la necesidad de respetar la tradición, la voluntad de la mayoría social y la inexistencia de discriminación. Sin perjuicio también del complicado camino judicial seguido y de la pendencia de la cuestión ante el Tribunal Constitucional, se imponen algunas reflexiones al respecto.

a) no es democráticamente posible mantener tradiciones incompatibles con los derechos básicos de los ciudadanos, pero menos aún lo es el asimilar miméticamente “mayoría” a “democracia”. Porque un derecho fundamental como el de la igualdad vincula a la democracia política y está a resguardo del comercio - de él no puede disponerse, ni en el mercado ni en la política -; un derecho fundamental no puede verse afectado por la decisión de una mayoría, porque la esencia de la democracia y de su legitimidad está en responder al desafío del respeto y asunción de las minorías; la mayoría es legítima cuando el contenido de la decisión es democrático y exquisitamente respetuoso con los derechos fundamentales, pero carece de todo valor cuando sólo es una manifestación externa o formal de una decisión esencialmente antidemocrática o que pretende plegar a su dictado el ejercicio de derechos constitucionales.

Por eso, en IRUN, finalmente, pese a todas las dificultades, se logró que las mujeres participaran en pie de igualdad en el Alarde Oficial de la ciudad, aunque, desde luego, el sentir mayoritario de los ciudadanos seguía siendo el de rechazar esa participación, y así lo manifestaron siempre que pudieron –la virulencia de los insultos y el manifiesto desprecio que mostraban al desfile me resultaron siempre, ciertamente, escalofriantes-, pero muchas mujeres y hombres de IRUN seguían desfilando juntos.

b) son los poderes públicos los constitucionalmente llamados a promover las condiciones para que la libertad y la igualdad del individuo y de los grupos en que se integra sean reales y efectivas y a remover los obstáculos que impidan o dificulten su plenitud y facilitar la participación de los ciudadanos en la vida política, económica, cultural y social. No me corresponde analizar en detalle cuál haya sido el concreto papel que en todo este proceso ha podido jugar el Ayuntamiento de IRUN, con su alcalde a la cabeza, pero es claro que la institución democrática más cercana al ciudadano pudo –puede todavía – haber hecho un trabajo infinitamente más claro, más didáctico y más convencido – a favor de la reclamada igualdad. Porque una institución como la municipal no puede limitarse a permitir, tolerar o tragar decisiones judiciales que le imponían una determinada conducta o la contraria; la institución municipal no puede tratar igual a quienes discriminan y quienes no lo hacen; la institución municipal, en su condición de poder público ha de remover las dificultades para la participación social en igualdad de oportunidades y condiciones. Y, sinceramente, no parece que esto se haya hecho con la suficiente convicción democrática al margen de cálculos que nada tienen que ver con el servicio a la ciudadanía y a los derechos constitucionales. A los resultados me remito.

c) pero, con todo, cierto es que en IRUN se había logrado consolidar –ya sé que el término puede resultar exagerado – una forma de disfrutar y de participar en el Alarde, y que la existencia de ese Alarde Oficial plural, mestizo y acogedor se había convertido ya en una tradición – con lo que corren los tiempos, las costumbres y los usos sociales se hacen tradición muy rápidamente-. Y creo que esto tenía unas grandes virtudes que hay que recuperar para nuestra juventud y nuestra infancia, en cuyas manos está, afortunadamente, nuestro futuro. Virtudes que pueden resumirse en facilitar la participación de todas las personas de buena voluntad deseosas de vivir la fiesta; en hacer cultura de la igualdad desde el reconocimiento y la no ocultación de la diferencia y el respeto a quien discrepa; en permitir que las generaciones que van a seguirnos puedan conocer maneras más abiertas de convivencia.

La decisión del Ayuntamiento de IRUN de no participar en la organización del Alarde Oficial en los últimos años, y los avatares por los que su celebración ha pasado – que no voy a valorar en detalle – sólo se explica desde la absoluta equidistancia, lo que equivale a parcialidad real y efectiva, al no potenciar un Alarde democrático. Equidistancia respecto de los dos Alardes que ha dado carta de naturaleza a una forma antidemocrática de entender esa fiesta, lo que no es admisible en un poder público democrático.

Por ello, aunque me consta la extrema dureza de las situaciones que muchas ciudadanas y ciudadanos de IRUN han tenido que soportar para defender sus más elementales derechos – entre ellos el de expresarse en libertad y el de sostener una opinión contraria a la mayoría - y aunque no se produzcan los apoyos institucionales municipales exigibles y esperados, lo cierto es que entiendo que hoy por hoy, dejando atrás momentos pasados, debe mantenerse la organización del Alarde Oficial.

Lo contrario supondría renunciar al ejercicio de derechos básicos que nos permiten crecer en nuestra esencia de personas sociales y solidarias. No debe impedirse la participación de muchas personas ahora y en el futuro ni permitirse que la calle sólo sea de quienes continúan sin respetar esos derechos.
 
Las mujeres y los hombres de IRUN y de cualquier otro lugar no deben olvidar tampoco este año su derecho a vivir, disfrutar y participar en la fiesta del Alarde como ciudadanas libres, ni deben olvidar que ese derecho es exigible a cualquiera, ni tampoco que la lucha por los derechos es dura y tiene altibajos y pasos sin aparentes avances, pero que no por ello ha de renunciarse a ella.

Tolosa, 11 de junio de 2007.